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Una hacienda en Toscana

En un reciente viaje a Italia me alojé en una preciosa casa de campo, cerca de Arezzo. La construcción data del siglo XVII y está rodeada de otras casas rústicas de menor tamaño. Fuera, apartados del núcleo habitado por setos y pinos, los inmensos campos del expectante girasol.

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Se trata de una explotación agrícola dedicada al trigo y girasol, como la mayoría de las haciendas de la zona. Como otras que he visitado en Toscana y Umbria a lo largo de los años.

La casa principal (casa colonica) posee una planta rectangular, dos pisos y un lucernario central que corona la cubierta a dos aguas, hecha con tejas rojas, enmohecidas por la intemperie a lo largo de los años. Los muros, constituidos por una mezcla heterogénea de ladrillo toscano y piedra me sugieren que la casa ha sufrido transformaciones importantes durante sus más de 300 años de existencia. Ciertamente, a juzgar por la poca relación entre los arcos centrales de la entrada, los cerramientos en el primer piso y unas trazas verticales en los muros, creo posible que a partir de una edificación central más pequeña, el conjunto ha ido creciendo con adosados construidos en sus flancos con la idea de ampliar la edificación. Dentro, unos arcos transversales enormes apuntalan las fachadas y el piso superior. Dentro, el pulcro mobiliario y las amplias estancias contrastan con la rudeza de la construcción exterior.

El camino de tierra que lleva a la casa desde la carretera está bordeado de pinos y termina frente a la edificación principal, formando una pequeña plaza. Dos rústicas casas, auténticamente toscanas, hechas de ladrillo rojo, se emplazan junto al camino. Frente a ellas, un jardín de hierba con algunos pinos y moreras y pequeños limoneros en tiestos de arcilla. A las viviendas secundarias se accede desde el camino directamente al primer piso, a través de una sólida escalera de ladrillo y losa de piedra. El espacio disponible bajo la escalera se utiliza para guardar utillaje, algún saco y cosas por el estilo. En el recodo del camino se alza un pozo de piedra y herrajes y polea en hierro, todavía operativo y que, sin duda, abastecía esta pequeña comunidad de sus necesidades de agua. Los graneros y naves para guardar la maquinaria agrícola quedan atrás, un poco apartados del núcleo habitable.

Me atrae enormemente este concepto de unidad habitable y laboral, que permite trabajar y vivir en un mismo entorno y que también he visto en Catalunya, mi pais, con las masías. En Italia el podere es una estructura fundamental de la sociedad rural, que se ha mantenido desde la Edad Media hasta nuestros días y guarda relación entre la extensión cultivable de la propiedad y la capacidad laboral de la familia asentada para explotarla. En su tiempo, autogestionado y abastecido. Ahora el podere es un elemento más bien turístico y cultural que económico ya que con la mecanización del trabajo agrícola ha perdido su razón de ser original.

No estuve mucho tiempo allí, apenas una semana. Nada más llegar inicié mi personal exploración del lugar, descubrir qué secretos tenía guardados para mí esta hacienda y tras una prolongada inmersión en el entorno, saqué mi cuaderno y empecé a dibujar. Nunca lo hago inmediatamente, soy un tipo que necesita tomarse su tiempo para dibujar. Cuando lo tengo todo (o casi todo) en mi cabeza lo plasmo en el papel. Primero unos pequeños esbozos para calentar y, más tarde lo que salga. En ese momento dejo de ser yo.